Árboles Notables de la Serranía de Ronda.

MADROÑO. Descripción
María Peñas me respondió, como siempre, a su debido momento y con acierto, a mi pregunta sobre dónde encontrar un madroño espléndido. Ella forma parte del paisaje de Conejeras y, desde su otero singular en el Camping, me aconsejó un paseo a Los Madroñales. Sus palabras textuales fueron: «Esos madroños que bailan».
El madroño tiene una personalidad especialmente rica como árbol mediterráneo. Puede inspirar sensaciones muy variadas, pero pocas tan sorprendentes como la de María. Su visión poética y protectora del medio podía parecer que entraba en contradicción con la mía, que pretende ser descriptiva y científica. En esos momentos estudiaba plantas con características propias del denominado «síndrome esclerófilo», como son la presencia de hojas duras y resistentes, flores poco conspicuas y frutos carnosos. Características que son compartidas por un gran número de especies de nuestra flora mediterránea, tales como el algarrobo (Ceratonia siliqua L.), la encina (Quercus ilex L.), el lentisco (Pistacia lentiscus L.), el torvisco (Daphne gnidium L.) y el madroño (Arbutus unedo L.). Entendí que, por el contrario, esa visión casi espiritual o humanística de María podía complementar el registro del madroño como árbol notable de la Serranía de Ronda para conseguir una visión holística, siempre más rica que la puramente descriptiva botánica.
Acompañado de otro buen amigo, José Andrés Elena, me puse en marcha para hacer una visita a la zona, incluso teniendo en cuenta que no era el momento y mi estado anímico era el adecuado.
En la Serranía de Ronda y en el contexto concreto de la Sierra de las Nieves, el madroño aporta una sensación de misterio y bosque, porque la especie suele aparecer asociada a lugares umbríos, barrancos y zonas de vegetación densa. Los madroños existentes en la Nava de los Pinsapos, en Puerto Capuchino, son un buen ejemplo de ello.
Pero en Los Madroñales no es así: Habitan en el camino hacia una suave loma con afloramientos de roca caliza, dentro de un enorme encinar joven, de unos 40 años de vida, creado por la mano del hombre a base de podas y realce de espesos matorrales de encina en la zona de entrada al Parque Natural Sierra de las Nieves, conocida como Conejeras.
La presión ganadera debió ser muy intensa en ese entorno, y la deforestación acompañante también. Sin duda, el gigantesco madroño que nos sirve como referencia y el bosquete de la misma especie que le acompaña fueron creados por los pastores a base de podas de ejemplares con forma de matorral. Tal vez buscando la sombra tan necesaria para el ganado y los pastores en los duros veranos de la sierra. Ellos mismos eran responsables de las sombras perdidas por las talas de grandes ejemplares de encinas para conseguir leña y carbón, además de sustento para el ganado a base de hojas y ramas jóvenes de las encinas que talaban. Unido a los periódicos incendios que asolan la sierra, debieron producir importantes deforestaciones en tiempos pasados.
Las vistas son magníficas. El cercano pico del Alcojona y el más alejado Torrecilla presiden el escenario. Acompañan las agrestes Turquillas, el impresionante Almola y la más cercana Sierra del Oreganal. Dos cicatrices afean el paisaje: la cada vez más demoledora cantera de la carretera de Ronda a S. Pedro y la obra de construcción del Centro de Visitantes del Parque Nacional Sierra de las Nieves. Sin embargo, el Camping de Conejeras está tan perfectamente disimulado entre la vegetación y los roquedos que apenas se nota su presencia.

Comento con frecuencia algo que siempre me ocurre cuando salgo al campo: que regreso más feliz de lo que me fui. Y en la visita a Los Madroñales para obtener los datos de descripción del gigantesco madroño y sus acompañantes que bailan, según María, me ocurrió que regresé eufórico de felicidad. Mi mente analítica me hizo sacar la conclusión de que era debido a los muchos meses que llevaba sin hacer salidas. Pero la realidad es que la belleza y serenidad que transmite aquel paisaje llenó mi espíritu en un momento absolutamente necesario para mí, me dio la pausa y la permanencia del pasado, tan necesaria. Buscaba, como pocas, recuperar el arraigo, la resistencia y la discreción que el ser vivo madroño posee en alto grado y pude captar de aquel gigante de un brazo amputado.
La vitalidad de esa especie vegetal es algo que llama poderosamente la atención. En los lugares umbríos y húmedos donde suele vivir, la competencia con otros vegetales es dura, pero el madroño consigue mantener su espacio y prosperar. Pero nuestro gigante y el bosquete que le acompaña son una isla de vida en medio de un paraje pedregoso y desarbolado. Y es ahí donde nuestro protagonista sigue sobreviviendo y mostrando su generosidad, produciendo sus frutos que dan sustento a gran número de animales en los comienzos del invierno. Y sin perder la belleza, con esos frutos rojos que destacan con fuerza entre el verde oscuro de las hojas. Ese color tan intenso suele transmitir agresividad, como todos los colores llamativos; sin embargo, en el madroño aporta pasión contenida.
Los frutos tienen una particularidad que ha dado mucho juego a la imaginación popular: cuando se comen en cantidad, pueden producir cierta embriaguez. De ahí procede precisamente el nombre específico «unedo», relacionado tradicionalmente con la expresión latina «unum edo», que significa «comer uno solo».
Resulta muy sugerente que pueda mostrar a la vez flores blancas y frutos maduros de color rojo. En efecto, su originalidad le hace producir al mismo tiempo los frutos y las flores que serán los frutos del año próximo. Es un perfecto ejemplo de la siempre necesaria renovación para seguir vivos. Y de la contradicción inherente a la vida misma: mientras termina de madurar, comienza a producir vida de nuevo.
Sin tener la solemnidad del pinsapo ni la grandeza de la encina, posee una belleza humilde, cercana y amable. Por si no fuera suficiente para demostrar la generosidad del madroño, es un matorral que tiene propiedades medicinales. Las hojas y la corteza se han usado, una vez secas, como antidiarreico y en trastornos urinarios, en inflamación de la vejiga, conductos urinarios y cólicos nefríticos.
El madroño forma parte del paisaje mediterráneo. Pero nunca ha alcanzado en la literatura española la enorme carga simbólica del olivo y la encina; precisamente por eso conserva la intimidad y el misterio. En la poesía es sinónimo de soledad y paisaje boscoso. Su presencia suele transportarnos a montes, barrancos, bosques y lugares apartados de la vida urbana. Como esos madroños que bailan en la soledad de un cerro a más de mil metros de altura.
